La seducción y el deseo en la contemplación de las pinturas de Mark Rothko

En la entrada de blog anterior, reflexionábamos sobre dos tipos de deseos. Uno se presenta como una atracción emocional, física y mental que no tengo opción de elegir porque se me impone, además, una vez ya se ha satisfecho, inmediatamente, surge otro objeto de deseo. El otro tipo de deseo es cuando algo me seduce intensamente, y le llamamos anhelo para distinguirlo del anterior. Es un anhelo de ser o anhelo de conocer. Spinoza, en su Ética, lo define como el “deseo de ser”, que caracteriza como un impulso vital a seguir viviendo, pero no meramente sobreviviendo, sino con una alegría cada vez más profunda y duradera.

Entonces ¿el anhelo de ser no da sufrimiento, sino alegría o contento? Sí, y solo se consigue si decidimos libremente, vivir desde nuestro “fundamento” o “fondo”, como le llama el Maestro Eckahrt, o desde mi verdadera naturaleza, como prefieren denominarlo el budismo zen. Seguir el anhelo, implica la decisión de cambiar de punto de vista, no de objeto de deseo. Pasar de perseguir el objeto de deseo que satisface el ego a permitir el impulso vital de mi propia naturaleza, que proporcione la alegría o contento, aunque no perciba un beneficio inmediato para mi ego. La seducción o anhelo de vivir desde mi verdadera naturaleza no pretende satisfacer una carencia, sino que me permite vivir la potencia, que constituye lo que soy.

Un ejemplo que viví en primera persona puede ayudar a clarificar la experiencia de anhelo. El otro día, cuando estaba completamente inmersa en la contemplación de las obras del pintor Mark Rothko, me invadió una paz y una alegría dignas de reflexión.

Todos solemos tener muchas experiencias de este contento o alegría a través de la percepción o la contemplación de diferentes artes. Por ejemplo, escuchando música o interpretándola. También, se me ocurre, una actividad muy cotidiana como pasear por la naturaleza, en la que nos olvidamos de narrarnos lo que vemos y estamos en ese momento con todos los sentidos sin pensar en nada mas, en silencio de la mente discursiva, viviendo esa circunstancia sin añadir un recuerdo, ni una asociación o, una reflexión. También sucede esta experiencia de contento profundo, cuando corremos o nadamos: el cuerpo toma el protagonismo con su respiración y esfuerzo y no necesitamos pensar para realizar la acción, dejamos la mente discursiva en relajación. El funcionamiento se lo dejamos a la sabiduría del cuerpo. Esos momentos son privilegiados, porque nos permitimos vivir una paz físico-mental, en la que el yo-personaje, como “máquina deseante”, no dirige la acción y nos damos cuenta de que ese movimiento espontáneo es el mejor que podríamos elegir, si estuviera nuestra mente al mando.

Volviendo a la exposición de Rothko, me di cuenta contemplando los rectángulos de colores que me inducían a una actitud de escucha y observación desinteresada, es decir, no iba por las salas buscando una experiencia determinada, aunque era consciente de que estos cuadros tenían el poder de provocar un estado de ánimo peculiar, intimo, plácido, pleno, pero sin contenido, sin ideas. Parece como si la abstracción remitiera más al silencio que al discurso mental que supone la comparación, el análisis y el recuerdo. Las grandes superficies pintadas me sumergían en campos de color, que transmitían una forma de sentir. Por eso, Rothko quería salir de la anécdota en la pintura figurativa, puesto que la abstracción le ayudaba a crear esta emoción en el contemplador de su obra. La verdad es que la mayoría de las personas que estaban en esas salas casi oscuras estaban enfrascadas en la acción de percibir. Todo invitaba al recogimiento, una luz tenue enfocando el cuadro nos dejaba en la oscuridad y los colores iluminados invitaban al recogimiento: no se necesitaba hablar.

Efectivamente, los colores extendidos de forma sencilla en capas sobre lienzos enormes, cumplían la misión que Rothko se había propuesto: generar una emoción en el espectador, similar a la que él mismo sentía, cuando los pintaba. Rothko dejo escrito que quería reproducir en sus pinturas la misma emoción que sentía cuando escuchaba el dueto de amor de Pamina y Tamino en La flauta mágica de Mozart.

Imagino que, en la sala, cada uno de los espectadores estaba viviendo una situación similar: el ambiente era como si estuviéramos en un lugar sagrado. Dependiendo de la circunstancia vital y emocional de cada espectador, esos colores despertaban mayor o menor intensidad en la conexión intima, cálida y benevolente con esa parte de cada uno que generalmente no se tiene en cuenta, porque, en realidad, al ego no le soluciona nada: es tan sutil que le pasa desapercibido. Si caracterizamos esa forma de percibir, reconocemos que no espera nada conocido o familiar, no es una proyección de un deseo personal es, pura mirada, conciencia de ser existiendo, en silencio.

En una de las últimas salas se expone la serie Seagram, pintadas en 1969, son lienzos un con un fondo oscuro sobre los que vemos flotando granates rectángulos con diferentes tonos de grises y negros. Algunos historiadores y críticos de arte consideran que se debe a que es uno de los periodos de mayor tristeza del pintor. Yo entraba en la sala con una cierta aprehensión, temerosa de que aquella bellísima emoción indescriptiblemente serena, se esfumase por las tétricas tonalidades en las que me iba a sumergir. Sin embargo, a pesar de ir en contra de mi gusto estético, las disfrute, y ejercieron una seducción que, mas tarde reflexionando, ha dado lugar a este articulo sobre el anhelo. La paradoja es que me impactaron hasta conmoverme, de la misma manera que las capas de pintura de vibrantes colores de formatos monumentales que tanto me gustaron en las salas anteriores. Me sedujeron a pesar de que no me gustaban a priori. Se me planteo, entonces la pregunta; ¿decidimos sobre lo que deseamos o rechazamos? Reconozco que esa seducción surgió al margen de mis preferencias de gusto estético. Fue una experiencia de seducción que despertaba otro aspecto de mí, no relacionado con mi construcción de mi idea de yo, que es con lo que me identifico en la vida cotidiana.

Me sentí activamente atenta, sin ir más allá, en conexión con un fondo o naturaleza propia, guiada en todo momento por el anhelo de reconocimiento de la experiencia de presencia inefable en mí. Con ese recuerdo en mente y, rastreando las actitudes personales que han favorecido esta experiencia, se me abre la posibilidad de llegar a elegir voluntariamente el punto de vista del deseo.